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"Me siento orgullosa de mis frutos" Irene Matilde Sobalvarro Arauz

Originaria de Jinotega, empezó dando clases como maestra rural empírica en la escuela Encuentros de San Andrés. Recibió cursos en Pedagogía en Somoto, Ocotal y Estelí. Fue maestra de varias escuelas en Managua, cumpliendo así, 30 años en el magisterio.
"Para ir a dar clases a veces me pasaba el río crecido, viajábamos en pangas que eran cuatro tablas montadas en un tronco. Cuando no había pangas, cruzaba el río y el agua me llegaba a los hombros. Caminaba varios kilómetros y cuando podía me trasladaba en caballo. Sentía miedo, pero como siempre he sido muy mujer, no lloraba. Como fuese tenía que llegar a tiempo a dar la clase.
A los 20 años ya impartía clases en las escuelas rurales de Jinotega. Esa época era muy motivadora porque los maestros fomentaban a los jóvenes que enseñaran a leer y escribir a los niños del pueblo. Salía desde mi casa aguantando frío, pero no me importaba porque dando clase es como ayudaba económicamente a mi madre, aunque el salario siempre fue reducido. Aún así, trabajaba con mucho esmero y dedicación.
Era una maestra dinámica y creativa. Como no tenía muchos recursos en las escuelas, dibujaba para ilustrar la clase, por ejemplo; para enseñar la palabra mamá, trazaba dibujos relacionados a las madres bajo la luz de una vela sobre una mesa de tabla con un mantel limpio y sencillo.
Fui una maestra en una época donde tenía que ingeniármelas para dar clase, a veces lo hacía a la intemperie, tenía que dar clase en una champita con cuatro horcones, le ponía unas tablas para que los estudiantes se apoyaran y escribieran las lecciones.
Tuve la dicha de ser seleccionada entre varios maestros para trasladarme a la capital, recibir varias capacitaciones y dar clases. Era una gran oportunidad para superarme y dar a mis cinco hijos un mejor futuro. Al principio era difícil, porque los había dejado con mi madre, los extrañaba mucho por eso viajaba seguido a mi pueblo. A veces los dueños de los buses me regalaban el pasaje. ¡Eso si era tener suerte!
En Jinotega di clases en la escuela Encuentros de San Andrés; en Managua, en una escuela que ya no existe, pero todavía soy recordada por muchos estudiantes porque los trataba con mucho cariño. Cuando llegaba a mi casa llevaba pollos, elotes, frutas o verduras que ellos me regalaban. Siempre supe que el trabajo dignifica a la persona y aunque mi vida siempre fue agitada, yo lo que quería era sacar adelante a mis hijos.
Me jubilé casi a los 48 años, cuando cumplí un poco más de 30 años en el magisterio. Dejé de trabajar porque para el terremoto del 72 mi casa era de adobe y se cayó, me llené los oídos de tierra y tuve otitis crónica. ¡No lloraba porque era muy mujer! Me iba a dar clase con el dolor en los oídos y con la gran calentura. Yo me esforzaba por llegar a tiempo y no faltar aunque estuviera muy enferma, ahora no, ahora cualquier enfermedad, los maestros no van a dar clase y no les importa tanto los estudiantes.
Cuando dejé de trabajar fue difícil, triste. Me reconfortaba el hecho que venían alumnos a que les diera clase, encaucé bastante a muchas personas. Seguí dando clases de tutoría a varios alumnos desde mi casa.
Como maestra me sentí muy orgullosa por mis frutos. Mi esmero y dedicación valieron la pena. Dar clase era un privilegio y los maestros éramos hasta venerados. Como madre he dado buenos frutos a la patria, entre ellos el director del Rubén Darío, Ramón Rodríguez, quien me ayudaba desde pequeño a corregir exámenes hasta la una de la mañana. Hasta mis hijos se sacrificaron por mi profesión."

Fuente. LA PRENSA NICARAGUA