Poema de Navidad.
¡Niño-Dios de mi infancia! Una noche de luna
yo vi su rostro dulce sonriendo entre las flores;
la Virgen le tenía acunando en sus brazos
y San José miraba llegar a los pastores.
Yo era un párbulo entonces. Llena el alma de anhelos.
En romería ingenua, con pitos familiares,
vi la estrella temblando en los azules cielos
de mi infancia sin sombras ni pesares.
Ángeles matinales golpeaban a las puertas
de las cabañas pobres con espadas llameantes;
y hendiendo los espacios, con las alas abiertas,
volaban describiendo círculos alucinantes.
Ayer como hoy lo mismo. Vamos, pues, alma mía,
levántate y camina que está la noche bella;
tú que sueñas y cantas llevarás este día
tu presente al Dios-Niño llevada por la estrella.
Coge tu flauta humilde y tu lírico hatillo;
oriéntate en las rutas por las luces divinas,
y arrea hacia el establo –meta del pastorcillo–
tu manada de siete cabritas diamantinas.
Y pon ante los ojos divinamente azules
del lucero de gracia, de paz y armonía,
la humildad de tu dádiva; y no le disimules
tu rústica alegría.
Niño Jesús nacido de celestial entraña,
de tu divina luz dame los resplandores,
mientras toco mi flauta. ¡Yo soy de la montaña
el más pobre y más triste de todos los pastores!