Lázaro
A Paco Rosales Herrera.
Señor, yo ya me canso. Quiero reposo. Siéntelo
un terrenal hastío que me aleja de todo.
Y quisiera –es a veces – desvanecer mi aliento
y dejar para siempre mi palacio de lodo.
Mi inquietud no se basta asi misma. Presiento
dentro de mi unas alas de eternidad, un poco
de tu mismo infinito: el sufrimiento.
La vida me horroriza, me duele el pensamiento
y vive el fantasmas mi soledad de loco.
Todo por una causa que ni yo mismo entiendo…
Mientras la duda me habla con sus labios heréticos,
el Peca hinca en mi alma su colmillo tremendo
y la Muerte me atrae con sus brazos magnéticos.
¿Qué hemos de hacer, Señor? ¿Esperar de tu mano?
¿Gastar como el profeta las piedras del camino
con raudales de llanto? ¿Herir en vano
pie la tierra desafiando el destino?
–¡Hombre de poca fe!– calma al Señor. Sus manos
Tiende sobre la senda de obscuridad nefanda,
y al Alma inanimada, roída de gusanos,
con su voz taumaturga le dice: “¡Alzate y anda!”