A mi Madre
Madre mía que tienes
la voz de santa,
por que orgullo no ha habido
jamás en tu alma;
que cavaste con ríos
de tu constancia
huecos para los hijos
de tus entrañas:
hueco tibio en tu pecho
de leona amada,
hueco suave en ti seno
de porcelana,
hueco amable en la cuna
donde guardabas
con espada de arcángel
y ojo de hada.
Madre mía que hiciste
con tus dos manos
tantos surcos abiertos
para colmarlos:
que regaste semillas
sobre peñascos;
que sembraste mi infancia
de lirios blancos;
y en el pan, en el agua
en la espina, en el nardo,
exhaló presencia
perfume santo.
¡Tan cieguita que miras
ya tus rosales!
¡Tan plateadas que llevas
las sienes graves!
¡Si parece que tienes
la voz más suave,
más serena la frente,
mas triste, madre!
y tan sola que pasas
mañana y tarde,
porque nunca has querido
sombra de nadie.
Que venga los pajaritos
a acompañarte;
que mi verso, que es tuyo,
te diga: ¡Salve!;
que el hada Mariluna
venga a peinarte;
y en tus noches solitas
y en que te abstraes
con tus sueños en Cristo
que el cielo te abre,
que en la silla en que posas
mezan los ángeles,
y te duermas y sueñes,
sueñes, descanses…
Poemas de Alfredo Alegría